No puedo respirar...


A propósito del racismo y los atroces eventos recientemente acontecidos, no queda más que pensar que aún estamos estancados en las fachadas de lo que el otro, o los otros representan para nosotros como idea o ideal de lo que consideramos adecuado, basados en cuestiones tan subjetivas como la raza, la clase social y el género.


Hemos evolucionado mucho como civilización en tecnología y en conocimientos sobre el mundo que nos rodea, pero en lo más íntimo del sentido de lo humano, es muy poco lo que nos separa de antiguas culturas que acontecieron hace siglos y que moralmente juramos que ya hemos dejado atrás.


Hoy, ante la evidencia del día a día, realidades impactantes que podemos ver en las noticias como testigos sordos, ciegos y mudos del espiral de violencia del cual queriendo o no somos parte, se revela la gran carencia de empatía “real” del ser humano para con sus semejantes, y que aún, somos incapaces de vernos simplemente como personas más allá de la piel, de la ropa, del género y de la clase social; Siendo la sed de estatus, de justicia, pero sobre todo, la de ser vistos, la que nos consume al punto de sentir que podemos, o peor aún, que debemos pasar por encima de cualquier persona que se interponga en lo que desde nuestra propia subjetividad consideramos justo.

Nos jactamos de evolucionados, abiertos y solidarios, pero la realidad es que existimos de un modo cada vez más egoísta, soberbio y autómata. Podemos grabar mientras asesinan a alguien o mientras el fuego que nosotros mismos hemos avivado consume lo que representa el trabajo de toda una vida de otra persona para subirlo a nuestras redes y conseguir likes, pero no podemos soltar el teléfono para ir en auxilio de quien está siendo asesinado o de quien lo necesite.


Sin embargo paradójicamente, a la vez, estamos profundamente convencidos que es nuestro deber ser justicieros de los derechos que creemos o sentimos que están siendo vulnerados, pero para exigirlos nos importa nada pasar a llevar los derechos del otro, cayendo en este acto en actitudes propias del odio, del racismo, del resentimiento y de la discriminación que tanto repudiamos, y las cuales por estos fines de justicia, se expresan cotidianamente en un ida y vuelta social de múltiples niveles de violencia en todas las sociedades, culturas y géneros, y en todos los rincones del planeta.

Por tanto, este no es un tema propio de ningún país en general, o de una sociedad, ni siquiera de raza. Es una cuestión propia de las inseguridades del ser humano. Tenemos que tomar conciencia real de nuestros propios sentimientos antes que nada, y ser capaces de ver la brasa candente que hiere nuestros corazones, y la violencia que nos embarga incluso a nosotros mismos en todo ámbito y en distintos niveles, aunque seguramente no de un modo patológico que implique la vida de nadie, pero, simplemente reconocer que está ahí, en grandes o pequeños montos, por todos lados, incluso en las personas que dicen manifestarse en su contra.


¿Qué tan valido es marchar contra el racismo, contra la discriminación o por la justicia social si hacerlo implica la destrucción de un país o de una comunidad pasando a llevar en este acto, la integridad de las personas que la conforman? ¿Ésta, no es acaso una forma de protestar contra una conducta en la que los mismos manifestantes están cayendo? Creo honestamente que la respuesta a cualquier cuestionamiento o vulneración siempre es el diálogo abierto, la honestidad, las manos limpias, la justicia y la paz, siempre en buenos términos, predicando con el ejemplo, y que para generar un cambio real, hay que empezar a buscar principalmente generar ese cambio en nosotros mismos, y nunca tratar de imponerlo en los demás y mucho menos mediante la violencia, el terror o la brutalidad. ¿Qué mundo quieres para ti? Empieza a construirlo primero desde ti, y proyecta eso, de lo contrario, solo seguiremos siendo más de lo mismo.

Psicóloga Romina Maroli

Directora en modocrecer.com


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